Las razones de la derrota

Una vez aparece la derrota llega el momento de sacar conclusiones. Las relacionadas con la vivida por Estados Unidos en el Medinah Country Club son muy variadas y numerosas por una sencilla razón: nadie la esperaba. De ahí que se dibuje en el ambiente la gran pregunta que azota al golf americano estos días: ¿fue mérito europeo o debacle estadounidense? Y claro, como aceptar la superioridad del rival implica siempre evidenciar las debilidades propias, se ha llegado a señalar a jugadores determinados o incluso al capitán del equipo como los principales causantes de la derrota. Nada más alejado de la realidad.

La misma pregunta carece de sentido porque, en todo duelo, existe una parte victoriosa gracias a sus virtudes y los defectos de su oponente; ningún rival es imbatible. El domingo un bando necesitaba hacer las cosas mejor que el otro para que se sucediera los acontecimientos que finalmente lo confirmaron: Estados Unidos perdía la Ryder, Europa la ganaba. Las preguntas adecuadas no deberían buscar un quién, sino un porqué. Las razones por encima de los sujetos, que demostraron estar sobradamente capacitados para la victoria, aunque no la encontraran.

El primer factor determinante para que se produjera la gran remontada fueron los emparejamientos. Era evidente que Olazábal apostaría por sus hombres más fuertes en los primeros partidos y Love respondió con contundencia: Bubba Watson, Webb Simpson, Keegan Bradley y Phil Mickelson habían sido los que mejor habían jugado la Ryder Cup hasta ese momento. Alguno de ellos –si no todos– debería ganar su partido. La labor del capitán no trasciende más pasado este punto porque el golf, al igual que el resto de deportes, pertenece a los jugadores. Europa tuvo suerte porque en el uno por uno, en esta combinación aleatoria, salía bien parado. A Paul Lawrie o Lee Westwood quizá les hubiera costado más lidiar con la fuerza de Bradley mientras que a Kaymer no le hubiera sentado tan bien la contundencia de Zach Johnson como las dudas de Steve Stricker. Europa, llegado un momento de la competición y tras tocar el borde de numerosos hoyos durante dos días, tuvo su primer golpe de suerte.

No se trata de un motivo para justificar la derrota sino de un factor que influyó poderosamente. La mala suerte o las condiciones desfavorables pueden superarse del mismo modo que un mal arbitraje, un bote inesperado o un circunstancia personal adversa (como demostró Peter Hanson ganando en Holanda mientras su hijo estaba enfermo). La razón principal por la que Estados Unidos perdió la Ryder Cup fue creer que estaba cerca de ganarla.

Hay un momento en todos los deportes que se podría definir como crucial. Es el instante en que todo el mundo, al mismo tiempo, se da cuenta de qué ha estado sucediendo. El del domingo llegó cuando Justin Rose embocó un putt de más de diez metros cuesta abajo, justo después de que el chip de Phil Mickelson no entrara en el hoyo por un suspiro; una vuelta de su bola en el sentido opuesto al agujero. Era imposible identificar este momento con anterioridad. Solo cuando se vio en Rose la mirada de un depredador hambriento se volvió evidente: el equipo americano se estaba crispando y agotando al sentir el aliento del león.

Al ganar Europa ese partido, el marcador señalaba un empate a once puntos y por increíble que pareciera, el panorama seguía favoreciendo a Estados Unidos. Dufner ganaba a Hanson, Furyk a García y Woods a Molinari. Si las cosas se mantenían así, serían los vencedores. Claro, si se mantenían así. La realidad no se reflejaba con claridad en la clasificación, sino en una imagen: la de un conejo atrapado por una serpiente. Estados Unidos asfixiado por la convicción europea, justo lo que no había sentido en días anteriores.

Un factor imposible de predecir ni por el más preclaro de los visionarios. Solo había pasado una vez en la historia y en aquella ocasión, Estados Unidos fue el causante, no el damnificado. Ni siquiera Davis Love, que había formado parte de aquella gesta en Brookline, podía transmitirles la idea de una derrota a sus hombres poco antes de iniciar la batalla. Son palabras vetadas los segundos antes de una competición. Estados Unidos perdió la Ryder porque nunca antes sus jugadores se habían encontrado en una situación similar, con una ventaja tan clara frente a unos depredadores voraces. Y no hay más. El único culpable de la derrota fue el momento en que cualquiera de los americanos pensó: “Tenemos margen de sobra”. Las sirenas de Ulises. Ninguno de ellos volverá a permitir que les suceda de nuevo.

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