La rivalidad en lo más alto

Ver cómo Tiger Woods se ha colocado cuarto en el ranking mundial tras su victoria en The Memorial nos es natural, esto es: refleja mejor su nivel en comparación con el resto de jugadores hoy día. Sin embargo a muchos nos sigue pareciendo una situación extraña. Al fin y al cabo, le hemos visto tantas semanas liderar esa lista que nos parece que su posición actual es fugaz y que la situación se regularizará en breve. Como si Tiger tuviera la opción de dar marcha atrás y hacernos olvidar sus malos días.

Aunque es complicado negarle esa capacidad, las cosas han cambiado mucho desde que abandonó su trono. Varios jugadores le han sucedido y han adoptado galones que antes le pertenecían, el miedo a competir en un cara a cara ha desaparecido y, para qué negarlo, Woods ya no es el mismo de antes. Es imposible que lo sea. De entre todos los que han ocupado el primer puesto del ranking, hay dos que se han empeñado en demostrar que su estancia no era pasajera: Luke Donald y Rory McIlroy. Si Tiger vuelve a jugar como lo hizo en Muirfield Village, su approach en el hoyo 16 puede que ahora sí tenga respuesta, como un hierro 6 colgando del hoyo en un difícil par 3 o un putt de diez metros seguido de un grito de “¡Luuuuke!”. Las cosas han cambiado y podemos encontrarnos ante un circuito más disputado que nunca, donde un triunfo ante los rivales no sea más que la antesala hacia el siguiente duelo.

Sería la primera vez en muchos años que varios jugadores se reparten un buen número de torneos a lo largo de la temporada y evocaría épocas en que los majors se decidían entre dos o tres hombres. En el golf, esto supone una situación excepcional dado que la competitividad es máxima y directa entre muchos participantes; nadie está a salvo de un mal día. En un deporte en el que un cara a cara continuo por la victoria es algo raro y excepcional, el que unos pocos jugadores se sucedan semana a semana es lo que muchos han terminado llamando “la edad dorada del golf”, donde las historias y tensiones detrás del juego lo elevaron a una condición superior. Allí se encontraban Palmer, Nicklaus y Player compitiendo contra muchos jugadores pero en su interior, su objetivo y su verdadera motivación estaban más reducidos y señalados: “Tengo que ganar a Jack” o miradas que decían “esta vez no me superas Arnie” comenzaron a formar parte de la historia del golf, que fue creciendo y haciéndose importante gracias al “Golden Bear”, “The King” o “The Black Knight”.

Pero no fueron los primeros. En los albores del PGA Tour, donde los profesionales apenas podían ganarse la vida jugando un circuito muy rudimentario, ya existieron rivalidades que marcaron épocas y que pusieron título a multitud de libros e historias. La de Byron Nelson y Ben Hogan fue una de las más grandes, y si muchos suspiran por un desempate entre McIlroy y Woods en un major no deben de estar muy lejos de lo que sentían los aficionados en 1942. Hogan venía de ganar por segundo año consecutivo la lista de ganancias, esto era: llevarse menos de veinte mil dólares a casa y haber jugado treinta y nueve torneos en un año, habiendo finalizado peor que en quinta posición sólo una vez. Sin embargo, de nada valía el dinero si no derrotaba en un cara a cara al que era considerado por muchos el mejor y esa ocasión, por entonces, todavía no se había presentado. El Masters de aquel año, el último major antes de que se decretara un parón en el circuito por la guerra (el ataque a Pearl Harbor fue en diciembre de 1941) sería su última oportunidad antes de que Ben entrara a filas.

Al finalizar la segunda jornada de aquel Masters, Byron Nelson lideraba por ocho golpes de ventaja. El domingo por la tarde ocupaba, junto a Ben Hogan, el primer puesto de la clasificación y se avecinaba lo que todo el mundo del golf ansiaba con fervor: un gran duelo que se repetiría en otros deportes a lo largo de la historia; un Frazier versus Ali, Bird contra Johnson o un Nadal desatado ante Federer. Aquel playoff se jugó el lunes durante 18 hoyos y un Nelson enfermo fue capaz de imponerse a Hogan por dos impactos. El espectáculo ofrecido fue tal que Bob Jones y Clifford Roberts decidieron premiarlos con doscientos dólares extra a cada uno, aunque el verdaderamente beneficiado aquel día fuera el golf. Un tercer hombre se uniría a este dúo poco tiempo después y completaría una serie de duelos grabados a fuego en la memoria de aquellos que los vivieron, un tal Sam Snead, que solía decir: “Las cosas que más temo en golf son los rayos, Ben Hogan y los putts cuesta abajo”.

Muchos dicen que el golf necesita más que nunca a Tiger y no les falta razón, pero habría un escenario aún más idílico para el devenir de este deporte. Un Woods contra McIlroy o Donald en una pelea constante, alternándose el número uno como en lo que llevamos de año. La situación es propicia para ello: falta una semana para el U.S. Open.

 

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